Esencialismo capítulo 3: Distingue

Esencialismo capítulo 3: Distingue

Tras el capítulo 2, en que Greg trata de trasladarnos la importancia vital de tomar parte en el rumbo de nuestra vida a través de practicar de forma activa la toma de decisiones y elecciones, en este capítulo 3 encara otro apartado fundamental en lo que se refiere a vivir el auténtico esencialismo: Distingue. O lo que es lo mismo, «separa el grano de la paja».

Aprender a distinguir lo que realmente es esencial en nuestras vidas es fundamental para poder tomar buenas decisiones. De hecho, la tan recomendada (y sin embargo, tan poco integrada en nuestras vidas) práctica de «decir no» se apoya —debería apoyarse— en nuestra capacidad para discernir entre lo esencial y lo no esencial. Si tenemos claro a dónde queremos llegar, qué queremos alcanzar, será mucho más sencillo determinar qué cosas de las que llegan a nuestro radar contribuyen (y a qué nivel) a acercarnos a ese punto. Y sabiéndolo, será más fácil «decir no», cuando en base a ese propósito deba ser no.

La mayor parte de cuanto existe en el universo —nuestras acciones y todas las demás fuerzas, recursos e ideas— tiene poco valor y produce pocos resultados. Por otro lado, pocas cosas funcionan maravillosamente bien y tienen un enorme impacto — Richard Koch

A Greg McKeown le gusta poner ejemplos, y en este capítulo no podía ser menos. Te comparto alguno.

En un relato autobiográfico Greg nos relata como aún siendo niño, se buscó un empleo porque quería ganar algo de dinero. Con su edad, el abanico de opciones no era muy amplio, así que optó por repartir periódicos; una hora repartiendo periódicos a cambio de un salario de una libra, cada día. Era un trabajo duro, y a partir de ese momento comenzó a valorar de otro modo el coste económico de lo que quería comprar simplemente traduciendo el importe a horas de repartir periódicos. Se dio cuenta, además, de que a ese ritmo le costaría un buen tiempo ahorrar para aquellas cosas que quería comprar. 

Dándole un vuelta a cómo mejorar esta situación, pensó que podría lavar los coches de sus vecinos a dos libras por coche, y estimó que podría lavar tres coches por hora. La idea parecía buena, de una relación 1:1 (horas de trabajo, libras cobradas) repartiendo periódicos a otra de 1:6. La lección que esto le enseñó es algo que muchas personas adultas aún no hemos aprendido; ciertos tipos de esfuerzo proporcionan mejores recompensas que otros.

Ya siendo adulto, Greg trabajó en una empresa de consultoría mientras estaba en la universidad, en concreto en el departamento de atención al cliente. Buscando su nivel de contribución más alto (y a la par, el mayor beneficio) detectó que podría dedicar sus esfuerzos a recuperar cuentas de clientes que querían cancelar. En poco tiempo, nos relata que consiguió una tasa de cancelación cero, lo cual le aportó mayor beneficio y también significó que su trabajo se traducía en un valor mayor para la empresa en que trabajaba, que haciendo lo que hacía anteriormente.

Todos estos ejemplos nos llevan a un mismo punto. Tratar de establecer correlación directa entre esfuerzo y resultado es atractivo. Quizá porque desde que éramos pequeñitos y pequeñitas se nos ha inculcado la necesidad de trabajar duro para producir resultados, hemos establecido unas equivalencias que hoy, en pleno s. XXI, no son válidas: a más trabajo duro, mayores/mejores resultados. Centramos nuestros esfuerzos en trabajar más y más duramente, sin dedicar tiempo a pensar si hay modos mejores de hacer lo que hacemos, o si simplemente produciremos mejores resultados haciendo otras cosas y no las que hacemos.

Quizá hayas oído hablar del “Principio de Pareto”, planteado a principios del s. XX por Vilfredo Pareto, que plantea la idea de que el 20% de nuestros esfuerzos producen el 80% de nuestros resultados. Varias décadas después, Josep Moses Juran (uno de los padres del movimiento de la calidad) plantea en su libro Manual de control de calidad expandió esa idea y la denominó “Ley de las pocas cosas vitales”, llegando a la conclusión de puedes mejorar en gran medida la calidad de un producto resolviendo un pequeño porcentaje de los problemas que plantee. Japón, país que por aquellos tiempos se había forjado una mala reputación comercializando productos de mala calidad a bajo coste, consiguió haciendo de este princípio una máxima que la frase “Hecho en Japón” transmitiese un mensaje totalmente diferente, y consiguió consolidarse como una potencia económica global.

La realidad es que vivimos en un mundo en que muchas cosas apenas tienen valor, y muy pocas cosas son excepcionalmente valiosas. El no esencialista lo ignora y piensa que casi todo es esencial, mientras que el esencialista sabe distinguir las pocas cosas vitales de las muchas triviales. Esencialista es aquella persona que dice no a lo bueno, para decir sí a lo extraordinario. Desarrollar esta forma de pensar y aplicarla a las áreas de nuestra vida personal y profesional no es sencillo; Exige un cambio de mentalidad. Pero es posible. Si quieres contribuir y aportar a tu máximo nivel, distingue.

2 respuestas a “Esencialismo capítulo 3: Distingue”

  1. Laura Sastre dice:

    Fantástico post, Sergio, como ya viene siendo habitual.
    Me quedo con dos reflexiones: culturalmente, no nos enseñan a practicar la asertividad ni a reconocer el verdadero valor de nuestro trabajo y/o acciones.

    Un abrazo y gracias por hacernos reflexionar con sentido crítico todas las semanas.
    Laura.

    • spantigaramos dice:

      Muchas gracias, Laura 🙂

      Coincido totalmente contigo; Culturalmente no se nos enseña, y como agravante, socialmente se condenan ciertas actitudes o resultados de toma de decisiones porque se hace una mala interpretación de los factores que las originan.
      Nos queda mucho por aprender, lo cual es malo y bueno a la par.

      Un abrazo fuerte y gracias a ti, a vosotras(os) que compartís conmigo un momento de reflexión cada semana.

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