Esencialismo capítulo 7: Juega

Esencialismo capítulo 7: Juega

Abraza la sabiduría de tu niño interior, subtitula Greg McKeown a este séptimo capítulo de su libro Esencialismo: Juega. Un consejo más para ayudarnos a explorar durante nuestro camino de aprendizaje para distinguir las pocas cosas vitales de las tantas triviales.

Cuando éramos niños, no nos enseñaron formalmente a jugar; aprendimos de forma natural e instintiva. Sin embargo, a medida que crecemos algo sucede.

Según vamos recorriendo nuestro camino hacia nuestra edad adulta —y sobre todo, cuando ya estamos en ella— el juego es concebido socialmente como algo trivial. Una pérdida de tiempo, algo infantil e innecesario. Lamentablemente, muchos de los entornos donde este mensaje cobra más fuerza —el mundo empresarial, por ejemplo— es donde más necesario y más fomentado debería ser el juego imaginativo, en lugar de ser reprimido.

Quizá no sepas que el término escuela proviene del griego skholé, que significa «esparcimiento». No obstante, nuestro sistema escolar moderno con base en la segunda mitad del siglo pasado ha ido eliminando el esparcimiento del aprendizaje. Y este mismo sistema es que, lejos de fomentar la creatividad, parece querer matarla. Sir Ken Robinson, quien hizo del estudio de la creatividad en las escuelas su trabajo, dijo: “La imaginación es la fuente de todos los logros humanos. Y es lo único que creo que estamos poniendo en riesgo de forma sistemática en el modo en que educamos a nuestros hijos y a nosotros mismos”.

Un poco de tontería ocasional es algo que valoran los hombres más sabios. — Rohald Dahl

Nada de todo esto debería sorprendernos, las corporaciones modernas procedentes del pasado siglo, de una era industrial, han trazado un camino con su foco en lograr la máxima eficiencia en la producción masiva de bienes, un foco que es difícil cambiar. En aquella época, volvieron incluso sus ojos al ejército en busca de inspiración. No es extraño por tanto que aún hoy se hable de empleados que se encuentran en las primeras filas, o que sea tan común en el mundo empresarial el término compañía. Esas costumbres, estructuras y sistemas siguen acompañándonos en muchas organizaciones modernas.

Sin embargo, el juego es esencial de muchas maneras. Stuart Brown, fundador del Instituto Nacional del Juego en Estados Unidos, realizó un estudio sobre lo que se denomina historias de juego sobre unos ocho mil individuos y entre sus conclusiones se encuentran frases como que “el juego produce plasticidad, adaptabilidad y creatividad en el cerebro” o que “nada enciende el cerebro como el juego”.

Estudios sobre el reino animal revelan que el juego es tan crucial para desarrollar habilidades cognitivas que incluso puede tener un papel en la supervivencia de una especie. Bob Fagen, investigador que ha pasado más de 15 años estudiando el comportamiento de los osos, descubrió que los animales que más jugaban tendían a sobrevivir más tiempo, dejándonos frases como “En un mundo que continuamente presenta ambigüedades y desafíos únicos, el juego prepara a esos osos para un mundo que está cambiando”.

De entre todas las especies, el ser humano es el mejor jugador. Estamos hechos para jugar y nos formamos a través del juego (¿Te dicen algo las palabras ludificación o gamificación?). Jugando, nos encontramos en la expresión más pura de nuestra humanidad, en la expresión más verdadera de nuestra individualidad. ¿Te sorprende que a menudo los momentos de juego sean aquellos en que nos sentimos más vivos o generan nuestros mejores recuerdos?

El juego no sólo nos ayuda a explorar lo que es esencial. Es esencial en sí mismo. — Greg McKeown

El juego expande nuestra mente, alimenta la exploración de —al menos— tres modos diferentes. 

En primer lugar, jugar amplía el rango de opciones de que disponemos. Nos ayuda a ver opciones que antes no veíamos, expande nuestra perspectiva. 

En segundo lugar, el juego es un antídoto contra el estrés. Esto es clave, porque el estrés puede eliminar las partes creativas y exploratorias de nuestro cerebro. Descubrimientos recientes en materia de neurociencia sugieren que el estrés incrementa la actividad en la parte de nuestro cerebro que monitorea las emociones (amígdala) mientras que la reduce en la parte responsable de la actividad cognitiva (hipocampo), y como resultado, no pensamos con claridad. No en vano y tal como demostramos en una divertida dinámica en la formación GTD® oficial  de nivel 1, el estrés es uno de los enemigos número uno de la efectividad.

En tercer y último lugar, el juego estimula las partes de cerebro que están involucradas en el razonamiento lógico y en la exploración descuidada y sin límites. Decenas de ejemplos que sin duda conoces se relacionan con este estímulo. Colón jugaba cuando le iluminó la idea de que el mundo era redondo. Newton también cuando vió el manzano y la idea de la fuerza de la gravedad llegó a su mente. Watson y Crick jugaban con formas posibles de la molécula de ADN cuando se toparon con la doble hélice. Mozart apenas pasaba un momento sin jugar… 

Hoy, ya cerca de cerrar el primer cuarto del s.XXI, muchas organizaciones de nuestro tiempo —las más avanzadas, generalmente grandes y tecnológicas— buscan la creatividad como uno de sus más importantes motores de avance, y saben que jugar es uno de los muchos factores que facilitan nuestra creatividad. Saben perfectamente que el juego es un motor vital que despierta creatividad y exploración. Has visto las oficinas de Google ¿verdad?

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